Roan
No había alcohol que pudiera calmar mi ira y decepción. Había un fuego que me quemaba por dentro y que estaba a punto de estallar.
¡Carajo!
¿Cómo diablos sucedió eso? ¿Zebela, mate de ese imbécil? ¿Él la reclamó? ¡No! Eso era una vil mentira. Mi luna jamás se acostaría con ese estúpido; ella me amaba a mí.
—¡Maldición! —proferí, fuera de mis cabales. Me bebí todo el contenido del ron que quedaba y tiré la botella contra la pared cuando su supuesto efecto calmante no funcionó.
Necesitaba má