Zebela
Después de desayunar, Bastian y yo salimos al bosque a dar un paseo. Yo llevaba puesta únicamente la camiseta que él me había prestado, mientras que él iba con un pantalón holgado y nada más. Ambos estábamos descalzos, con el cabello suelto y desordenado, testigo del aluvión de besos apasionados que compartimos durante el desayuno.
Ese hombre era insaciable, pues ya quería aparearse de nuevo.
—Este lugar es hermoso —comenté al llegar a un claro rodeado de colinas, árboles y flores silves