Zebela
La oscuridad se sentía como una prisión, opresiva y asfixiante. La penumbra era tan densa que ni siquiera mis ojos de loba podían distinguir las formas que me rodeaban.
Asustada, intenté avanzar por el sendero que había elegido, pero parecía casi imposible. Los susurros resonaban en la negrura, erizándome la piel y llenándome de una sensación de vulnerabilidad y peligro.
De repente, unas manos ásperas se cerraron alrededor de mí. Grité, aterrada, pero mi voz se perdió en el vacío. Nadie