Zebela
Sumida en la inconsciencia, escuché un sonido sordo y repetitivo, que pronto se volvió resonante a medida que abría los ojos y mi entorno comenzaba a definirse.
Levanté la cabeza, que, junto con el torso, estaba recostada en el borde del colchón, inclinada entre la cama y el suelo, donde, al parecer, me había quedado dormida.
—Zebela, ¿qué haces? —La voz de Zael terminó de despertarme. Me incorporé de un salto y, tras varios bostezos, le abrí la puerta—. ¿Qué te pasó? —inquirió con una m