Bastian
Me quedé observando a Zebela, incapaz de apartar la mirada. El miedo me recorría como un escalofrío frío e implacable, pero algo más pesado se asentaba en mi pecho: vergüenza. ¿Cómo había sido capaz de hacerle ese ofrecimiento? Mi garganta se sentía seca, las palabras atascadas en algún lugar entre la confusión y el arrepentimiento.
¡Demonios!
¿En qué estaba pensando cuando le hice esa propuesta a Zebela?
Lo reconocía, quería tener una excusa para seguir besándola y...
¡Rayos!
Quería re