Cuando Sergio regresó a la empresa, la oficina de Lorna estaba vacía. Un mal presentimiento se apoderó de él. Caminó de un lado a otro como fiera enjaulada, buscando alguna señal de su presencia. No había notas, ni mensajes, nada.
Sacó el teléfono y la llamó. Una vez. Dos veces. Tres.
Silencio.
Minutos después, finalmente llegó un mensaje:
«Estoy fuera, cariño. Me fui de viaje. Volveré pronto. No me extrañes.»
Las manos de Sergio temblaron. El mensaje no solo le pareció burlón, sino lleno de un