—¿Qué dijiste? —La voz de Lynn tembló.
Un escalofrío le recorrió la espalda y su corazón, ya débil por el susto y el dolor, comenzó a latir con fuerza desesperada, como si quisiera gritar también.
Marfil retrocedió un paso, con el rostro pálido y la mirada perdida.
—Perdóname… no debí decirlo… yo… —balbuceó entre sollozos, cubriéndose la boca con la mano, como si pudiera detener las palabras que ya se habían escapado.
Pero Lynn ya lo había entendido. No era tonta.
Las piezas se encajaban como