Sergio temblaba.
Aun cuando los detectives ya se habían marchado hacía más de una hora, su cuerpo no dejaba de estremecerse. Estaba solo, atrapado en el eco de las palabras que le habían arrojado como cuchillas.
—No puede ser cierto… —murmuró, con la voz ahogada por la incredulidad—. Ella no pudo hacerme esto. No pudo… ¡No pudo dejarme así, como si yo no valiera nada!
Se llevó ambas manos al rostro, cubriéndose los ojos rojos, inyectados, con lágrimas acumuladas que se negaban a caer, como si su