Miranda corrió tras Arturo sin pensar, como si sus pies se movieran solos, impulsados por la angustia y la confusión.
Cuando él se detuvo, giró sobre sus talones con una furia contenida que le encendía los ojos como brasas.
—¿Me crees tan maldito? —escupió con la voz quebrada, como si cada palabra fuera una herida abierta—. Para ti soy un monstruo, ¿verdad? ¡Eso es lo que soy en tu historia! Te supliqué, Miranda… ¡Te rogué perdón! Y tú… tú usaste la muerte de Ariana como el mejor pretexto para o