—¡¿Crees que lo sepa?! —exclamó Marfil con la voz rota, casi ahogada por el pánico. Sus ojos brillaban de desesperación y su pecho subía y bajaba con fuerza, como si le faltara el aire.
Miranda se quedó en silencio. Apretó los labios, como si las palabras le pesaran demasiado. No quería decir nada que pudiera empeorar la situación, pero el silencio también dolía.
—No lo sé… —susurró al fin, casi con culpa.
Marfil se llevó las manos a la cabeza, caminando unos pasos hacia atrás. Su cabello, suelt