Imanol la miró con los ojos abiertos por el espanto. Como si su mundo acabara de partirse en dos.
—¿Qué… qué estás diciendo? —susurró, con la voz quebrada—. No puedes hacerme esto, Marfil. No ahora… no así.
Ella bajó la mirada, los ojos anegados en lágrimas. El temblor en su cuerpo era evidente, pero Imanol la sujetó con fuerza por las manos, como si con ese simple contacto pudiera evitar que se desmoronara todo.
—Por favor… —murmuró ella—. Déjame ir, Imanol…
—¡No! —gritó él, y su voz retumbó co