—¡No se lo digas a Imanol! —La voz de Marfil se quebró en un susurro desesperado—. Tengo miedo… miedo de que lo mate.
El pánico en sus ojos era tan crudo, tan palpable, que Freya sintió cómo se le apretaba el pecho. Su amiga temblaba, la respiración entrecortada como si estuviera siendo perseguida por un fantasma del que no podía escapar.
Freya cerró los ojos un segundo, tragándose el nudo que se le formaba en la garganta. También sintió miedo. Un miedo que calaba hondo, que se le instalaba en l