Sergio tocó su mejilla con rabia contenida. Sentía el ardor de la bofetada como una humillación que ardía más en su ego que en su piel.
Miró a Marfil con una expresión entre divertida y vengativa, como si la agresión lo hubiera excitado más que enfurecido.
—Cuñada… ¡Era una broma! —escupió con sarcasmo, inclinando la cabeza como si fuera él el ofendido—. Qué mal carácter tienen aquí en Cirna Gora… Madrastra, ¿verdad?
—¡No me llames así! —bramó Freya, con voz firme, pero el alma temblando. Sus oj