Sergio se levantó tambaleante, quejándose por los golpes.
Escupió sangre al suelo; le colgaba del labio roto como un hilo rojo y viscoso. Su respiración era pesada, los ojos inyectados de odio y obsesión.
Se limpió con el dorso de la mano y, sin perder tiempo, echó a andar tras ellos.
Marfil e Imanol corrían desesperados por los pasillos de aquella maldita mansión.
El lugar era un laberinto de sombras y puertas cerradas, como si la misma casa se aliara con el monstruo que los perseguía.
Hasta qu