Miranda llegó al hospital jadeando, sus pulmones apenas podían llenarse de aire.
Cada paso que daba parecía más pesado que el anterior, como si el pánico que la consumía la hubiera anclado al suelo.
Su corazón latía con furia, golpeando su pecho como si intentara escapar.
No solo por la carrera frenética desde el auto hasta la entrada del hospital, sino por el terror helado que la invadía al pensar en lo que podría encontrar al otro lado de esas puertas.
—¡Necesito ver a una paciente! —exclamó,