Sergio se encerró en el despacho con pasos erráticos, tambaleantes como si el peso del mundo lo aplastara.
Cerró la puerta con fuerza y se dejó caer en el sillón de cuero. Su respiración era un torbellino y las manos le temblaban al abrir la botella de licor.
Bebió directo del cuello, como un náufrago sediento, aferrándose a la última esperanza.
Las lágrimas comenzaron a caer, sin permiso, sin pausa.
—¡Ariana! —rugió, como si el eco del nombre pudiese traerla de vuelta—. No quería hacerlo así… t