Lorna sentía el corazón retumbarle como un tambor de guerra.
Cada latido era un grito, un recuerdo, un veneno corriéndole por las venas.
Recordó lo que había hecho:
«Todo había comenzado apenas una hora atrás.
Descendió por las escaleras como un fantasma arrastrando cadenas. El alma hecha jirones, el rostro pálido como la cera, y la mirada hueca, decidida.
Cuando llegó a la puerta principal, sus manos temblaban tanto que apenas logró girar el picaporte.
Por un segundo temió delatarse.
Que los g