Sergio subió al auto con un movimiento brusco, su pecho subía y bajaba con agitación.
—¡Llévenme a la casa de Miranda! ¡Ahora mismo!
Los músculos de su mandíbula se tensaron mientras el vehículo arrancaba.
Sus manos se aferraban a los bordes del asiento con furia contenida. Cada segundo en el tráfico se le hacía una tortura, una maldita eternidad.
Ariana se había ido.
Y él se negaba a aceptar que lo había hecho por voluntad propia.
Si alguien sabía dónde estaba, esa era Miranda.
La mujer que sie