Ariana llegó a ese país sintiéndose como un fantasma, una sombra de lo que alguna vez fue.
Abrió la puerta del departamento y el olor a detergente viejo y polvo la golpeó de inmediato.
Estornudó, sintiéndose ajena, perdida en un lugar que aún no era suyo.
Apenas dejó su maleta en el suelo, comenzó a limpiar. No recordaba la última vez que lo había hecho realmente para ella.
Su vida se había reducido a cocinar para su esposo, lavar su ropa, ser su sombra, su servidumbre disfrazada de amor.
Pero a