—¡No, no, no! —El grito desgarrador se ahogó en su garganta mientras su pecho se comprimía en un dolor insoportable.
Negó con la cabeza, una y otra vez, como si así pudiera deshacer la realidad.
Entonces, un sonido gutural, casi inhumano, emergió de su interior, un quejido bestial de furia y desesperación.
—¡Señor! ¿Está bien? —preguntó uno de los guardias, alarmado.
—¡Lárgate! —rugió, con la voz áspera y temblorosa.
Con pasos torpes, Sergio subió las escaleras a toda prisa.
Su respiración era e