Sergio caminaba de un lado a otro como una fiera herida, con los puños apretados y los ojos inyectados de furia. Su respiración era agitada, desbocada.
Se negaba a aceptar la sentencia que le repetían una y otra vez:
Que Ariana estaba muerta.
—¡No! ¡Eso no es verdad! —gritó, arrancándole al silencio un rugido salvaje.
Estaba junto al río Blanc, donde el auto se había precipitado.
Había pagado una fortuna a rescatistas de élite, expertos en rastreo y recuperación de cuerpos.
Todos escarbaban la t