Al día siguiente.
En la residencia Juárez, el silencio era tan denso que parecía presagiar una tragedia. La casa, envuelta en una quietud lúgubre, parecía contener la respiración.
Miranda cruzó el umbral sin quitarse el abrigo.
Lo primero que vio fue a Arturo, desplomado en el sofá, con una copa de vino a medio terminar colgando de su mano.
Sus ojos, rojos e hinchados, hablaban de una noche sin sueño. No hacían falta palabras.
Sus miradas se encontraron: un cruce de reproches mudos, miedo y súpl