Esa voz, profunda y conocida, cortó el aire como una navaja.
Marfil tembló.
Giró lentamente, y al ver a Sergio, todo dentro de ella se crispó.
Sus ojos, aún húmedos, se entrecerraron con furia contenida.
—¡Tú! —escupió la palabra con veneno, con miedo, con dolor.
Sergio no se inmutó. Dio un par de pasos hacia ella, con esa calma envenenada que siempre lo había caracterizado. Como si el mundo girara a su ritmo, como si él tuviera todo bajo control.
—Imanol te ama —dijo, en un tono casi suplicante