Imanol sonrió. Por fin. Sintió que su pecho se llenaba de esa extraña y reconfortante paz que trae el amor verdadero, el que llega después de la tormenta.
Su mano buscó la de Marfil y la sostuvo con firmeza, como si al tocarla pudiera anclarla a su realidad, a su nueva vida. Volteó a mirar a su hermano.
—Hermano… todo está bien ahora. Ya no tienes que preocuparte por mí. ¿Por qué no regresas a casa? Yo volveré más tarde —dijo con serenidad.
Sergio sonrió, pero su sonrisa fue apenas una máscara d