Miranda titubeó, sintiendo un nudo en la garganta. Sus ojos recorrían nerviosos el lugar, y por un instante pensó en no acercarse… pero entonces, él se adelantó, con su sonrisa impecable y esa mirada calculadora que tantos años atrás le había helado la sangre.
—Miranda —dijo con voz melosa, casi paternal—, era una gran amiga de mi difunta esposa. Sí, así es como nos conocemos.
Sus palabras eran suaves como terciopelo, pero Freya no se dejó engañar. Ella notó el destello de odio encendido en los