Sergio deambulaba por la casa como una sombra maldita.
Aquella mansión, una vez lujosa, ahora no era más que un cascarón podrido levantado en las afueras de Iliria. Sus paredes agrietadas y techos a medio caer eran testigos del abandono y la locura.
Pero él no sentía miedo. No ahí. Nadie lo buscaría en un sitio que parecía maldito. Nadie se atrevía a entrar. Y eso lo hacía perfecto por eso compró esa residencia en ruinas, en ese país.
Abrió una puerta. Dentro, una mujer se estremeció al verlo.
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