—¡Maldito imbécil! ¿Dónde está Marfil? —rugió Imanol, desesperado, con la voz desgarrada por la angustia—. ¡No la lastimes más! ¿No te cansas de hacer daño?
Sergio lo observó con una sonrisa que helaba la sangre.
Su rostro, bañado en sombra y perversidad, parecía disfrutar cada gota del sufrimiento ajeno.
Su silueta, recortada por la tenue luz de la habitación, se erguía como la de un dios cruel y retorcido que se regocijaba en el dolor ajeno.
—Tranquilízate, ella está muy bien —respondió con un