El sol comenzaba a desvanecerse sobre las aguas tranquilas del mar Adriático, tiñendo el cielo de naranjas y lilas, como si el mundo entero se preparara para dormir.
Pero no para él. No para Sergio Torrealba.
Miró por la ventana del auto, una pequeña colina cubierta de hierba reseca, podía imaginar la bahía donde el crucero había anclado. Sabía que ese barco zarparía al amanecer.
Tenía solo esta noche. Solo unas pocas horas para alcanzarla… o perderla para siempre.
Clavó la mirada en el horizont