Imanol tomó la mano de Marfil y, con un gesto instintivo, la colocó detrás de él, como si fuera un escudo humano dispuesto a protegerla de cualquier amenaza.
Su cuerpo se tensó por completo, como una muralla de carne y hueso erguida frente al enemigo.
No iba a permitir que Sergio se acercara, mucho menos que le hiciera daño a la mujer que amaba.
Los ojos de Sergio brillaron con algo más que rabia: había un extraño resplandor en ellos, una mezcla de dolor contenido, resentimiento y obsesión.
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