Sergio Torrealba miraba hacia el horizonte desde el asiento trasero de su lujoso automóvil.
La brisa del atardecer no lograba calmar el fuego que crepitaba en su interior.
Aquel hombre, que había construido una vida sobre el poder y el control, sentía ahora que todo se le escapaba de las manos.
Esperaba ansioso ver llegar a sus guardias con las dos piezas clave de su juego: Miranda e Imanol.
Pero cuando los vio regresar solos, sin aliento y con la mirada baja, un presentimiento oscuro le mordió