El reloj de pared en el comedor marcaba las doce de la noche. Habían pasado tres horas desde la hora habitual de llegada de Diego desde la oficina. Los platos seguían dispuestos con esmero sobre la mesa, pero los alimentos se habían enfriado por completo. Las velas, que se habían encendido hace horas, estaban casi consumidas, dejando un rastro de cera derretida sobre el mantel.
Elena apoyó la barbilla en la mano, con la mirada fija en la entrada de la villa, que permanecía cerrada a cal y cant