El sol apenas empezaba a rozar el horizonte oriental cuando Elena terminó de recoger sus cosas en la habitación. Llevaba puesto un abrigo largo y se aseguró de que no quedara ni un solo objeto personal en los cajones o en el armario. Justo cuando iba a tirar del asa de su maleta, la puerta se abrió.
Carmen estaba allí, en el umbral. La sirvienta respiraba con dificultad y sus ojos se abrieron como platos al ver la gran maleta junto a la cama.
—Señora, ¿qué está haciendo? ¿A dónde va? —pregunt