Los días en la villa se volvían cada vez más asfixiantes para Elena. La pérdida de su bebé había dejado un vacío inmenso en su corazón y, para colmo, su relación con Diego estaba completamente congelada. Parecían dos extraños obligados a vivir bajo el mismo techo. Diego siempre se marchaba antes del amanecer y no regresaba hasta altas horas de la noche.
Aquella tarde, Elena estaba sentada en el comedor, tomando un chocolate caliente. Su estado físico había mejorado considerablemente tras uno