Diego cerró de un portazo la puerta de su despacho. Su respiración aún era agitada, áspera y errática. No encendió la luz; dejó que la tenue claridad del pasillo se filtrara apenas un instante antes de encerrarse por completo en la penumbra.
Caminó a pasos rápidos hacia el mueble bar en la esquina de la habitación. Sus manos temblorosas alcanzaron la botella de whisky. Sin molestarse en usar un vaso, Diego le dio un trago largo directamente del envase. El ardor le quemó la garganta, pero no fu