Elena seguía sentada frente a una montaña de documentos, aunque el reloj de pared ya marcaba las nueve de la noche. La tenue luz de la habitación iluminaba los expedientes desordenados sobre el escritorio. No pensaba detenerse; las pruebas que buscaba aún no estaban completas.
En medio de su concentración, el móvil de Elena, que yacía junto al portátil, vibró. Un mensaje de un número desconocido. Elena lo abrió y, al instante, se quedó gélida.
Era una foto. En ella, Diego aparecía junto a un