Diego apoyó la cabeza en el respaldo de cuero de su silla, con los ojos fuertemente cerrados y las venas rojizas marcadas bajo sus párpados. Acababa de terminar una caótica auditoría logística, una trampa administrativa que Arturo había dejado deliberadamente para ponerlo a prueba—o tal vez, para retenerlo más tiempo en esta ciudad.
Llevaba cuatro días sin tocar su teléfono personal. Se lo habían robado junto con su maletín de camino al alojamiento. Pensó en comprar uno nuevo, pero la sucesió