Justo en el punto álgido de la sospecha de Martín, la puerta de la habitación se abrió de par en par. Carmen entró acompañada de un hombre de mediana edad que cargaba un maletín médico de cuero negro. Vestía una bata blanca impecable, pero su rostro era rígido; no hubo ni una sonrisa al acercarse a la cama de Elena.
—Es el doctor Vargas, señora. El médico de la familia enviado directamente desde la residencia principal del señor Arturo —anunció Carmen con un ligero temblor en la voz.
Martín