Elena se sentó ante su tocador, observando su reflejo: estaba pálida, pero sus ojos brillaban con una determinación distinta. Ya no parecía una mujer que se lamentaba por su destino. Entre sus dedos, jugaba con un broche de plata en forma de pétalos; en realidad, era un dispositivo de almacenamiento cifrado que Daniel le había entregado días atrás.
—Carmen —llamó Elena sin desviar la mirada.
Carmen se acercó con gesto alerta. —¿Sí, señora?
—Mañana al mediodía, prepara mi mejor vestido forma