A la mañana siguiente, el aire en la residencia de los padres de Elena se sentía mucho más liviano. La luz del sol se filtraba por los grandes ventanales de la habitación de invitados, disipando la tensión de los días anteriores. Diego despertó temprano, pero se quedó inmóvil un momento, contemplando a Elena, que aún dormía profundamente a su lado.
El silencio se rompió con unos suaves golpes en la puerta. La madre de Elena asomó la cabeza con el rostro iluminado.
—Diego, Elena... Lucía ya d