Diego conducía su coche a gran velocidad, alejándose de la mansión. Las palabras de Arturo sobre el pasado de Roberto y sus mordaces insinuaciones sobre la "inocencia" de Elena daban vueltas en su cabeza como una cinta vieja y desgastada. Golpeó el volante con frustración, intentando borrar la imagen de los documentos que le había mostrado su padre.
Al llegar a la villa secreta, Diego respiró hondo para calmar su expresión. No quería que Elena notara la inquietud que le carcomía el alma.
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