Las puertas del club privado se abrieron de par en par, y la presencia de Diego Montenegro transformó instantáneamente la atmósfera en un bloque de hielo. Entró con su traje oscuro y el rostro rígido como una escultura de piedra, pero sus ojos emanaban una sed de sangre tangible. Cualquiera que viera su expresión sabía que Diego no estaba para juegos.
Al fondo del salón, Marco Valeri permanecía con una copa en la mano. Al notar la llegada de su rival, soltó una risita y, con una mueca de burl