Diego permaneció inmóvil. Podía sentir el calor del cuerpo de Elena contra su espalda y cómo sus manos temblaban ligeramente mientras rodeaban su cintura. Aquella disculpa sincera fue más impactante para él que todas las discusiones previas.
Lentamente, Diego colocó sus manos sobre las de Elena, que seguían entrelazadas sobre su abdomen. No se giró de inmediato.
—Estás borracha, Elena —dijo él. Su voz ya no era afilada, sino grave y cargada de cansancio.
—Lo sé... pero hablo en serio —susur