Elena empujó a Diego con todas sus fuerzas. Él retrocedió por inercia, pero no pareció molesto; al contrario, esbozó una sonrisa ladeada, como si la resistencia de Elena fuera su pasatiempo favorito.
—¡No me interesa en lo más mínimo tu vida privada! —espetó ella, cortante.
Diego no respondió. Se acercó de nuevo, pero esta vez no la acorraló. Su mano se movió con parsimonia hasta alcanzar el mentón de Elena, obligándola a sostenerle la mirada. Sus dedos rozaron su mejilla y se detuvieron jus