—Seguro que lo editaste —lo acusó Elena. No podía creerlo. En toda su vida, jamás había hablado en sueños, y mucho menos cometido una locura como la que aparecía en ese video. Era imposible.
Diego, por el contrario, soltó una risa baja. —Estoy demasiado ocupado como para recurrir a trucos tan baratos.
Elena apartó la vista y le devolvió el teléfono con un movimiento brusco. —¿Quién sabe? Has sido lo bastante astuto para valerte de cualquier artimaña con tal de pisotear mi orgullo. ¿No es ese