El coche de lujo finalmente se detuvo frente a la mansión de los Montenegro. En cuanto se abrió la puerta, Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Junto a la imponente entrada, los padres de Diego ya aguardaban.
El padre de Diego esbozó una sonrisa sutil, pero su madre clavó en Elena una mirada indescifrable; un escrutinio gélido que gritaba desaprobación.
—Bienvenidos —dijo el señor Montenegro con amabilidad—. Pasen, por favor. Hemos preparado una cena para darles la bienve