El sol apenas asomaba cuando Diego por fin se despertó. No sabía en qué momento se había quedado dormido, pero al abrir los ojos, notó que aún tenía la cabeza apoyada en el hombro de Elena.
Se incorporó de inmediato, sintiendo el cuello rígido por la mala postura. —Lo siento —murmuró, con la voz gruesa y ronca de alguien que acaba de espabilar.
Elena movió el hombro, que tenía dolorido y entumecido tras soportar el peso toda la noche. —No pasa nada. —Miró la hora en el móvil y se levantó del