Elena seguía de pie en el mismo lugar, mirando la espalda rígida de Diego. La habitación de la UCI se sentía cada vez más fría. El pitido constante del monitor cardíaco al lado de la cama sonaba monótono, insoportable, completamente ajeno a la tensión que se respiraba en el cuarto.
Diego soltó despacio la mano de Arturo. Se pasó las palmas de las manos por la cara con brusquedad y se apoyó en la silla de plástico, con la mirada perdida.
—Vamos afuera —dijo Elena en voz baja—. Se terminó el ho