Diego se levantó de golpe. La silla de madera se arrastró con fuerza, provocando un chirrido agudo sobre el suelo del restaurante vacío.
Elena también se levantó, presintiendo que algo andaba mal por el cambio de expresión en la cara del hombre. —¿Qué pasa?
Diego no respondió. Estiró la mano rápidamente para agarrar la chaqueta que colgaba del respaldo de la silla. —Vámonos.
Al ver el pánico que Diego intentaba ocultar, el corazón de Elena empezó a latir a mil por hora. —Diego, ¿qué pasa?