El golpe volvió a sonar.
Más fuerte.
Más urgente.
—¡Gael! —gritó la voz desde el otro lado de la puerta—. ¡Gael, por favor, abre! ¡Sé que estás ahí!
Lucía.
Su nombre se filtró entre el ruido como una grieta en el muro que Gael había levantado dentro de sí.
Él no respondió.
Tenía el arma en la mano. El metal frío contrastaba con el calor que le ardía en la palma. Su respiración era lenta, demasiado lenta, como si su cuerpo se estuviera preparando para algo que su mente ya había decidido… aunque