Ella miró al suelo.
Negó lentamente con la cabeza.
—No… —susurró casi sin voz.
Él apretó la mandíbula. La impotencia lo atravesó.
Miró su estado, se encontraba totalmente vulnerable. En ese momento sintió una punzada en el pecho.
Se agachó lentamente frente a ella, tratando de ponerse a su altura.
—No voy a hacerte daño —dijo despacio—. No tienes por qué tenerme miedo.
Alma tragó saliva, pero no retrocedió. Ya estaba demasiado rota para moverse.
Él extendió la mano… pero no la tocó. La dejó ahí